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Solo Dios conoce la ayuda que este Año Jubilar de la Misericordia ha supuesto para cada persona, para el mundo y para la Iglesia llamada a llenar del espíritu de Cristo todos los ambientes.

Hemos escuchado las lecturas del domingo XXXIII durante el año. El evangelio recoge palabras estremecedoras de Cristo sobre lo que sucederá cuando se acerque el final de este mundo. Por la fe creemos que existen el Cielo y el Infierno, y que seremos juzgados al morir; ‘dame cuenta de tu administración’ (cfr. Lc 16, 1-13) nos preguntará Dios, qué hiciste con tu vida, y se decidirá en ese instante nuestro destino eterno. Confiamos alcanzar el Cielo, y no caer en el Infierno donde van quienes lo eligieron al dejar de lado a Dios y toda misericordia hacia los demás; así su opción irresponsable de vida queda eternamente fijada fuera de la felicidad en Dios.

Pero este mundo pasará como nos anticipó Jesucristo. De un modo que no podemos entender recuperaremos entonces nuestros cuerpos, y será ese el momento del Juicio Final. Los que estén en el Cielo -queremos estar entre estos- quedarán confirmados en su feliz destino eterno, pero juzgados por sus obras. ¿Qué significa esto? Que Dios premiará el efecto posterior a su muerte de todo lo bueno hecho en vida: lo sembrado en los hijos, los consejos acertados o el buen ejemplo a nuestro alrededor, tantos servicios que perduran en el tiempo. La Misericordia de Dios premia hasta eso que parece mínimo y que nosotros no podemos ni prever ni medir.

La Misericordia de Dios es Infinita. Nos acompaña y asiste continuamente. Sale al paso de nuestras limitaciones, de nuestros errores y miserias. Somos débiles; tantas veces nos equivocamos en lo que es bueno o malo, y elegimos mal. Nuestro corazón es débil, errante, se meten malos hábitos, tentaciones. Nuestro Padre Dios no se cansa de asistirnos; nos busca, nos mueve a la conversión, nos perdona, nos purifica, nos alienta, nos alimenta con el Cuerpo de Cristo, ¡cuánta Misericordia!

Damos gracias a Dios por este regalo del Año Santo de la Misericordia que nos hizo el Papa Francisco. Con el cierra de la Puerta Santa no se agota esa Misericordia Infinita de Dios. Hemos aprendido a contemplarla, a percibirla; nos llena de esperanza, de confianza en lo mucho que Dios nos quiere. Nunca nos deja solos, ni a la hora de las debilidades del alma ni en las del cuerpo, ni a la hora de las dificultades de la vida y de la sociedad que son tantas. Si ustedes, dice Jesucristo, siendo malos, saben dar buenas cosas a sus hijos, ¿cuánto más el Padre de ustedes que está en los cielos dará buenas cosas a los que le piden? (Mt., 7, 11)

¡Cómo ayuda sentir que alguien me quiere, que alguien se ocupa de mí! Cómo consuela y sostiene pensar que Dios me quiere, que en mi debilidad me puedo apoyar en Él, que en mis dificultades y sufrimientos puedo confiar en Él. Sabemos que si no nos quita ciertos sufrimientos, como todo coopera para el bien de los que aman a Dios (Rom, 8, 28), esas penas sirven para unirnos a la Pasión de Cristo y alcanzar el Cielo para toda la eternidad.

 Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia (Mt 5, 7). Queremos ser misericordiosos como el Padre. Este año hemos meditado muchas veces las obras de misericordia espirituales y materiales. Como tenemos que ejercer siempre la misericordia, podríamos seguir fomentando el hábito de preguntarnos muchas veces, con deseos de conversión: ¿soy misericordioso? Y hacernos la pregunta examinando la vida diaria: ¿con que ojos miro a los demás?, ¿los juzgo, los critico? ¿Qué comentarios hago del prójimo, son misericordiosos, compasivos, o intolerantes e incluso crueles? ¿Comprendo, perdono, amo?

Junto a una mujer, a un hombre misericordioso es imposible experimentar soledad, distancias, faltas de interés o afecto. A veces en el seno de la misma familia se puede experimentar frialdad, falta de amor, de interés, de misericordia. Tal vez al oír esto alguno piense:  ‘yo lo experimento’. Dejá entonces de pensar en vos mismo, en vos misma, salí de esa cárcel, y pedile a Dios la Gracia de ser como Cristo que solo pensaba en dar y en darse a los demás. Que los padres sepan sacrificar su capricho, sus gustos, su comodidad para darse entre ellos y pensar solo en dar a los hijos la contención y el afecto que necesitan y es  voluntad de Dios que así lo hagan. Que los hijos, los abuelos, los amigos, los vecinos, que todos tengamos ojos para descubrir qué necesita el otro y no tener tiempo para pensar ‘que necesito yo’.

Hace muchos años un sacerdote subió a un taxi y el taxista le contó que estaba solo velando a su madre y apareció un sacerdote que la conocía. Lo acompaño hasta bien tarde cuando llegó su novia, rezando y lo trató con mucha comprensión y cariño. Tanto le tocó la caridad que cuando enterró a su madre, él y su novia se acercaron a la fe 8el no sabía ni rezar), se casaron y tenían una familia feliz. ¡Qué fuerza tiene la caridad, la misericordia! No se puede tabular, porque las ocasiones aparecen, como nos enseña la parábola del buen samaritano: encontró al herido tirado al borde del camino e inmediatamente se ocupó de él con todo lo que pudo.

Misericordia siempre. El pecador puede rehacerse como se rehízo el ladrón arrepentido ante la cercanía de Cristo Crucificado. En una ocasión leí el testimonio de conversión de un ex preso. Reconocía que estuvo en la cárcel por sus errores graves. Ni su familia se compadecía de él enojados por su comportamiento vergonzoso. Experimentó entonces cariño, cercanía, misericordia por parte de los católicos que iban a visitar a los presos. Lo trataban bien, se interesaban por él, se sentía comprendido. Se fue abriendo poco a poco a la conversión, aprendió a rezar, dejó obrar a la Gracia divina y cambió profundamente. Rehizo su vida, formó una familia, era muy feliz. Siempre tenemos que ser misericordiosos, no condenemos a nadie; la Misericordia infinita de Dios cuenta con nuestras actitudes cristianas, con nuestra capacidad de amor, de comprensión, de perdón.

Dios quiere que seamos instrumentos para impregnar el mundo de su Misericordia. ¡Cuántos problemas humanos, familiares, sociales se arreglarían si con el impulso de este Año Santo todos siguiéramos sembrando a nuestro alrededor el modo de amar de Dios. ¿No es esto humanizar la familia, la sociedad, el mundo?

La Virgen es Madre de Misericordia. Que nos conceda no apartar de nuestra mente y de nuestro corazón la Misericordia Infinita de Dios de la que somos objeto cada uno. Y que  nos consiga seguir creciendo en lo que fue el lema de este año: ser cada uno ‘misericordiosos como el Padre’. Que así sea.

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