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Nos estamos preparando para revivir en esta Navidad el nacimiento del Hijo de Dios; es la luz que llegó al mundo, el acontecimiento central en la historia de la humanidad: Dios que se acerca tanto a nosotros que se hace Hombre. Un mundo sin Dios es un mundo sin luz, y entonces es fácil desorientarse, desviarse del camino. ¡Cuánta desorientación!, ¡cuánta confusión en las ideas!, ¡cuánta gente avanza por el camino del egoísmo, los vicios y el desorden en sus pasiones! No pueden ser felices y ¡cuántos sufrimientos causan!

Solo la vida de Dios puede llenar el corazón y hacerlo feliz. Los más viejos recordaremos con que fuerza San Juan Pablo II en su primera Misa pública al ser elegido Papa dijo al mundo: Abran las puertas, dejen entrar a Cristo. Dejemos entrar a Cristo en nuestra cabeza y en nuestra vida; tenemos que conocerlo mejor, amarlo más, vivir sus enseñanzas que nunca traicionan, que siempre dan felicidad aunque a veces cuesten un poco.

Un mundo sin Dios es un mundo a la deriva, confundido y sin amor. Hay muchos problemas en la sociedad. ¡Qué distinto sería el mundo si dejáramos entrar de verdad a Cristo! Dios cuenta con cada uno de nosotros para que las cosas mejoren a nuestro alrededor. Empecemos por dejarlo entrar en la propia vida, y en la propia familia. Que en esta Navidad cada miembro de una familia se decida a vivir en serio para los demás, para que sean buenos hijos de Dios y muy felices. Hay que perdonar, hay que aprender a matar el egoísmo y amar de verdad al marido, a la mujer, a los hijos. Cuántos problemas en los jóvenes se podrían evitar si en todos los hogares hubiera verdadero amor, verdadero interés por el otro, la paz y la entrega a los demás de la que Cristo nos da tanto ejemplo.

Nos ha nacido el Salvador, ¿por qué no dejar que purifique nuestro corazón, que lo cambie? ¿Por qué no dejar que su luz entre en nuestra mente y en nuestro corazón y lo llene de amor?

Tal vez alguno se sienta muy lejos de Cristo o le parezca difícil acercarse. Aprendamos entonces de los Reyes Magos: vieron una estrella, la luz de Dios que quería guiarlos. Se lanzaron a la aventura de seguir esa luz para ver al recién nacido Rey. Parece extraño seguir a una estrella y no faltaron dificultades en aquel viaje. Tuvieron la alegría de encontraron a Jesús, lo adoraron, le dieron sus tesoros, y compartieron nada menos que con La Santísima Virgen María y con San José.

Pido a Dios la bendición de esa luz de Dios más intensa dentro de cada uno, que todos nos lancemos con más decisión por el camino que conduce al Salvador, con los ojos puestos en las necesidades de los demás, en primer lugar los de la propia familia. Feliz Navidad para todos.

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