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Hemos percibido el llamado y pusimos llenos de confianza nuestras vidas en manos del Señor. Leí la reflexión de un Cardenal africano sobre los comienzos de su vocación. Vivía en un pueblo muy humilde, mal comunicado por tierra de una ciudad bien distante. Era un chico piadoso y el sacerdote misionero le habló del sacerdocio. Experimentó la alegría del llamado y se entusiasmó con ir al Seminario. Tenía 11 años y partió hacia el Seminario menor que quedaba en otro país a 4 días de viaje que suponían una durísima aventura. No sabía cómo era, qué iba a estudiar, cuál iba a ser su futuro, cómo sería su vida, sólo que cuando fuera grande iba a ser sacerdote; recordando todo aquello muchos años después daba gracias a Dios por aquella luz y aquel entusiasmo.

Todos nosotros hemos vivido lo mismo: la luz de Dios nos movió y pusimos en sus manos nuestras vidas, se la entregamos. ¿Qué vendría después? Sabíamos que debíamos identificarnos con Cristo, rezar y trabajar por Él sirviendo a mucha gente; que no faltaría esfuerzo en la vida, que teníamos que llenar nuestro corazón de Amor a Dios, dejarnos conducir, y poco más.

Van pasando los años y es lindo que en cada Misa Crismal renovemos nuestros compromisos. No queremos que quede en un simple rito, en algo más bien legal. Aprovechemos a recordar nuestra disposición alegre y entusiasta del comienzo de nuestra vocación, llena de confianza en nuestro Padre Dios. Tal vez para personas incluso cercanas parecíamos soñadores, gente sin los pies en la tierra; tenían algo de razón porque teníamos la cabeza, los afectos y las ilusiones en Dios. Seguramente tuvimos que enfrentar preguntas: ¿de qué vas a vivir?, ¿estás seguro de que vas a ser feliz?; ¿y si te sentís solo o si te surgen dificultades?, ¿¡para toda la vida!? Pero como nuestra confianza estaba en Dios y seguimos su llamado todo encontró respuesta en nosotros: si a pesar de los altibajos de la vida, con la ayuda de Dios permanecíamos fieles, nuestra entrega daría mucho fruto. Que el Señor nos conceda un entusiasmo cada vez mayor por nuestra vocación, afianzado por años de experimentar lo bueno que es Dios, la paciencia que nos tiene, su Misericordia Infinita.

Pidamos también a Dios que no se meta en ninguno de nosotros el espíritu mundano sobre el que tantas veces previene el Papa Francisco. Se podría colar si permitiéramos que nuestra atención fuera detrás de lo que dejamos con la vocación, o en búsqueda de seguridades o compensaciones que reflejarían poca confianza en que Dios pude hacernos felices. El Señor que es nuestra luz y nuestra salvación nos cuida de estos peligros. Es humanamente lógico que nos cansemos porque el trabajo es mucho y no suele faltar alg{n otro sufrimiento. No olvidemos que después de la institución del Sacerdocio vino la Cruz. Tenemos experiencia que la Cruz nos une a Nuestro Redentor y que nuestra entrega llena de confianza en Dios siempre da mucho fruto.

La presión del espíritu mundano es fuerte y nos invita a acomodarnos a este mundo, a pasarlo lo mejor posible. El Señor nos invitó y nos sigue invitando a los sacerdotes a grandes desafíos. Estamos hechos para la entrega sin condiciones, para el servicio sacrificado a los demás, para vivir en comunicación con Dios todo el tiempo; por eso necesitamos defender nuestros ratos íntimos solo para el Señor, para estar con Nuestra Madre del Cielo.  

Dios cuenta con el testimonio de la alegría en el ministerio para meterse en la vida de muchos jóvenes. Ayuda a que se entusiasman también ellos con nuestra vida de entrega y de servicio y experimenten con entusiasmo que Dios los llama; se hace realidad lo que dice Isaías: todos los que los vean reconocerán que son la estirpe bendecida por el Señor (Is. 61, 9), ¡qué responsabilidad!

El Cardenal africano al que me refería al principio afirmaba que su vocación partió -como también decía San Juan Pablo II de la suya- de la Ultima Cena; comentaba que cuando Jesús instituyó el sacerdocio había visto a los que vendrían con el tiempo, y que por tanto lo había visto a él. Qué lindo pensar hermanos que nos vio también a nosotros en la Última Cena, elegidos antes de la constitución del mundo …., y que no estamos solos: Yo estaré con ustedes hasta la consumación de los tiempos.

Recordaba el Cardenal que junto a la Institución del Sacerdocio estuvo la de la Eucaristía. Veía cómo en su vocación la Eucaristía vino junto al llamado: desde niño iba a Misa con mucho gusto y con sus padres todos los días a la 6 de la mañana; después él se dirigía a la escuela y sus padres a trabajar. Cuando empezó el camino hacia el sacerdocio a los11 años le entusiasmaba la idea de que algún día podría celebrar la Santa Misa. A todos los sacerdotes nos pasó algo similar y recordamos con ilusión nuestra primera Misa. Que Dios nos conceda celebrar cada día con más fe, con más devoción, con más amor.

Acá estoy Señor porque me has llamado dijimos como Samuel el profeta. ¿Algo me frena en el camino?, ¿algo me quita la alegría? Acá estoy Señor dispuesto a lo que quieras, se lo decimos cada uno con una disposición más honda y más madura que en la primera vez.

Recen por nosotros para que estemos siempre llenos de entusiasmo, de alegría, de deseos de servir. El hecho de que tantas religiosas y tantos fieles quieran acompañarnos es un testimonio elocuente de lo que valoran el sacerdocio y esto a nosotros nos mueve a entregarnos más. Ayúdennos a ser fieles con hechos, a no tentarnos con lo mundano, con algo que el sentido común y cristiano dice que no va en un sacerdote. Ayúdennos a rezar, respeten nuestros tiempos de intimidad con Dios. Recen por las vocaciones, hacen falta más brazos. Los padres recen y enseñen a los hijos a ser piadosos por si el Señor los quiere llamar a su servicio; los padres del Cardenal africano lo llevaban a las 6 de la mañana Misa, era el único hijo, y vieron la mano de Dios en su vocación, se les fue lejos cuando tenía 11 años, ¡cuánta santidad!

Pedimos a la Virgen Santísima que nos ayude a renovar una vez más la ilusión del principio de nuestro sacerdocio; tal vez sea menos expresiva pero sí más madura y más profunda, probada por años de caminar en su presencia e intentar con su Gracia ser cada día más fieles. Así sea.

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