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Hace ya unos años, Ricardo, en medio de tu tarea profesional, experimentaste que Dios te llamaba a esta dignidad del sacerdocio. Ni vos ni ninguno de los sacerdotes hemos sido llamados por nuestros méritos sino porque Dios así lo dispuso. Quiso configurarnos con Cristo sacerdote para que haciendo sus veces sirvamos a todas las personas. Se trata de un oficio que exige mucha unión con Dios, rezar por la gente, darles el alimento de las enseñanzas de Cristo. Y administrarles los Sacramentos para que tengan la Vida de Dios en abundancia y vayan por caminos de salvación.

Nadie se arroga esta dignidad si no fue llamado por Dios dice también San Pablo (Hebr. 5, 4). Si Cristo no se atribuyó a Sí mismo la gloria de ser Sumo Sacerdote -como agrega el Apóstol-, menos vamos a alardear nosotros de una capacidad recibida que nos excede absolutamente: el don de administrar las cosas de Dios. También San Pablo dice: ¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías, como si no lo hubieras recibido? (1 Cor 4, 7). No perdamos -queridos sacerdotes, querido Ricardo- la conciencia de ser instrumentos revestidos de una potestad que es de Cristo, no nuestra. Qué importante es que sepamos desaparecer nosotros para que aparezca Cristo. Corremos el riesgo de buscar aparecer nosotros, entre otros motivos porque la gente nos está mirando y oyendo continuamente; si cediéramos a esa tentación haríamos desaparecer a Cristo y también los milagros que Él quiere hacer a través de nosotros sus ministros.

Nos ayuda meditar esta realidad para ser agradecidos y, entre otras disposiciones, a crecer en humildad para que Él -Cristo- crezca y yo disminuya (Jn 3, 30). Debemos ejercitar la humildad que se manifiesta de muchas maneras. Una manifestación concreta es experimentar la necesidad de la oración personal, la urgencia de rezar mucho por el pueblo, de apoyarnos en Cristo siempre y en todo, de tal manera que podamos decir ‘esto lo sacó el Señor porque el pueblo y su sacerdote se lo hemos arrancado a fuerza de oración’. El sacerdocio exige que estés muy unido a Dios, que seas muy humilde y te esfuerces a corresponder a la Gracia para ser santo de verdad.

Es un gran privilegio poder celebrar la Santa Misa, hoy lo harás por primera vez en esta concelebración. Serás mediador entre Dios y los hombres al predicar la Palabra y al administrar los Sacramentos; por tu intermedio llegará la Misericordia de Cristo sacerdote a quienes confieses, a los enfermos que reciban de tus manos la Unción sacramental. Serás mediador colaborando con el Obispo en el gobierno de la Iglesia para bien de las almas.

Son muchas las necesidades del pueblo. No se te oculta la confusión de ideas en tanta gente distante de Dios, el sufrimiento y las heridas en tantos corazones detrás de los cuales está la ausencia de Dios en ellos o en otros; Cristo quiere darles luz y sanarlos a través de sus sacerdotes. Tanta responsabilidad podría abrumarte y llevarte a sentir ganas de decirle a Dios como Moisés ¿acaso soy yo el que concibió a todo este pueblo, o el que lo dio a luz, para que me digas: “llévalo en tu regazo, como la nodriza lleva a un niño de pecho, hasta la tierra que juraste dar a sus padres”?

Sí, te toca llevar al pueblo sobre tus espaldas, hacerte cargo de sus necesidades, por eso es lógico que como Moisés tengas ganas de gritar: Yo solo no puedo soportar el peso de todo este pueblo; mis fuerzas no dan para tanto.  No te concederá como a Moisés 70 ancianos que te ayuden; sí te dice en cambio Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy (Salmo 2): Yo te sostengo, Yo te inspiro, yo me hago cargo y estoy a tu lado; Jesús lo hará todo a través tuyo si vos procurás ser muy fiel y humilde, estar pegado a Él.

Qué paz nos da a los sacerdotes saber que nosotros hacemos lo que podemos y Dios da eficacia a nuestro esfuerzo. Tenemos que vivir con mucha alegría y mucha serenidad, la propia del instrumento que se sabe guiado por el Espíritu Santo que hablará por vos Ricardo a los corazones de los fieles y actuará siempre Él.

Cristo quiere seguir haciendo a través de nuestra entrega generosa lo que se lee en el Evangelio: recorría ciudades y pueblos, enseñando, proclamando la Buena Noticia del Reino y sanando todas las enfermedades y dolencias (Mt 9, 35). ¿Qué llena de alegría el corazón de un sacerdote?: estar bien unido a Dios y no tener un minuto para pensar en sí mismo. La tristeza comenzaría a insinuarse en nuestra alma si se empañara en algo la fidelidad, o por recortes en la oración o en el sacrificio propios de quien está llamado a ser Cristo que pasa. Nuestra alegría debe ir siempre en aumento; habría sombras si cediéramos a compensaciones humanas o dejáramos al pensamiento centrarse en uno mismo robando un espacio que es para pensar en Dios y en la multitud a las que tenemos que servir. Así somos felices los sacerdotes, cuando nuestro corazón reacciona como el de Cristo: al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor (Mt 9, 36), su cabeza, su corazón y todas sus energías se dirigían a salir al paso de la necesidad de todos.

 Hacen falta más brazos, más sacerdotes; hombres que se preparen bien, con seriedad, que dejen que Dios los moldee a imagen de Cristo sacerdote y se llene de deseos de servir. Queridos fieles, tengamos muy presente lo que acabamos de oír en el Evangelio y sigue siendo muy actual, la cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al Dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha (Mt. 9, 37). Las necesidades son enormes, están a la vista; recemos mucho para que Dios mueva el corazón a muchos jóvenes y respondan con generosidad a la llamada; serán muy felices como vos Ricardo esperando el sacerdocio que en unos minutos estrenarás.

Buena parte de tu vocación se la debés a tus padres que te educaron con sus enseñanzas y con su ejemplo para ser un buen hombre y un buen hijo de Dios; ellos te acompañan con gran emoción y agradecimiento a Dios. Rezamos por tus padres y por todos los que te alentaron y acompañaron en el camino de la vocación; pienso ahora en el P. Ricardo Benítez, pedimos por su eterno descanso con la persuasión de que intercede especialmente por vos desde el Cielo.

Nos acercamos a la Solemnidad del Espíritu Santo; tené la certeza de que no te faltarán nunca sus dones para ser un muy buen sacerdote, con la heroicidad que sin duda Dios espera de vos. Hoy es la fiesta de la Virgen de Fátima; tenés sin duda mucho cariño a la advocación de Nuestra Señora del Carmen a la que tanto te dirigiste como Patrona de tu pueblo. Que Nuestra Madre del Cielo te cuide mucho, te haga un sacerdote bueno y fiel, con un corazón a la medida del de su Hijo Jesucristo. Que así sea.

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