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Jesús sigue el camino hacia Jerusalén con la decisión firme de entregarse, de morir por nosotros para conseguirnos la gracia, esa ayuda de Dios que purifica el corazón y orienta por el camino del bien y de la felicidad.

Mucha gente acompañaría a Jesús. Unos cuantos porque habían presenciado uno de los milagros que acababa de hacer: resucitar a Lázaro. Otros salieron a recibirlo porque sabían de sus milagros y lo habrían escuchado alguna vez.

Pero fue el Espíritu Santo quien los empujó a recibirlo con entusiasmo, a poner sus mantos en el piso para que hicieran de alfombra al burro sobre el que Jesús iba montado. Toda esa gente gritaba aclamándolo como Hijo de Dios, como el Mesías, y sacudían entusiasmados los ramos que habían arrancado de árboles cercanos.

Estamos viviendo La Semana Santa de un modo muy particular. La Iglesia está vacía y ustedes asistiendo a esta celebración en familia y en sus casas. Han venido a la Iglesia, están en la Iglesia, porque la Iglesia es hoy el hogar de cada uno de ustedes.

Han cortado ramos de algún árbol con deseos de alabar a Jesús, con agradecimiento, con la intención de reconocerlo una vez más como Dios y Señor, y con un corazón arrepentido por los propios pecados: Jesús, no quiero hacerte llorar

Con ese espíritu los invito a participar activamente en esta celebración, ahora de pie, levantando los Ramos para que sean bendecidos. Los podrán conservar después como recuerdo de ese deseo sincero de que Cristo entre en nuestro corazón, en nuestras vidas.

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Breve homilía después de bendecir ramos y su Evangelio

 En el Antiguo Testamento estaba anunciado por un profeta que el enviado de Dios, el Mesías, entraría en la ciudad Santa de Jerusalén montado en una burro. Al ver la escena, los conocedores de la Biblia se habrán echado a temblar viendo a Jesús entrar de ese modo en Jerusalén, y a la multitud entusiasmada gritando: Hosana el hijo de David, bendito el que viene en nombre del señor, Hosana en las alturas. Tal vez hoy, con nuestro lenguaje diríamos: Viva el Hijo de David, viva Jesús, sea bendito el que viene en nombre de Dios, alábenlo con entusiasmo hasta en el Cielo.

Los invito a reflexionar en estos días en unas palabras concretas que acabamos de escuchar: Mira que tú rey viene hacia ti. Tienen mucha fuerza. Jesús siempre viene a nosotros, nos busca. Jesús tiene mucha paciencia, sabe esperar, no nos fuerza a abrir nuestro corazón a Dios y a tantas cosas buenas. Siempre viene humilde, sin hacer ruido. Logra que nos toque el corazón algo que leímos, algo que escuchamos, incluso las palabras de un canto piadoso. En ocasiones esa invitación a acercarnos a Dios y cambiar nuestra vida llegan a través del buen ejemplo o del consejo de un amigo, de una amiga.

Todos tenemos experiencias de conversiones personales, de esa luz interior de Dios que nos invitó al arrepentimiento y logró un cambio en nuestra actitud hacia Dios y en nuestra conducta. Tal vez en alguna ocasión esa luz de Dios nos hizo llorar: Señor, no quiero ser así, cámbiame, quiero que reines en mi vida.

Podemos pedirle una vez más: Señor cámbiame, quiero ser bueno y fiel, y también un buen burro, instrumento sobre el que te apoyes para entrar en la vida de mucha gente. Dios que no necesita de nadie quiere contar con nuestro amor a Él y a los demás, con nuestra entrega generosa, con nuestro buen ejemplo; quiere que recemos por los demás y los ayudemos para que puedan llegar a gritar con entusiasmo: Hosana el Hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor.  

Mira que tu Rey viene hacia ti. Roguemos al Señor que en esta Semana Santa entre Jesucristo de modo nuevo en nuestras vidas, y que se renueve nuestra ilusión de ser buenos instrumentos para que entre en la vida de los demás. Así Sea.

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Homilía de la Misa del Domingo de Ramos

Comenzamos la Semana Santa escuchando el relato de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Nos introduce en un hecho histórico crucial: lo que Dios hizo y hace por nosotros. Siendo Cristo verdadero Dios que tomó nuestra naturaleza humana, se entregó por nosotros hasta la tremenda muerte en la Cruz.  

Dios no es un ser lejano que nos ayuda de vez en cuando, después de mucha insistencia de nuestra parte, está a nuestro lado siempre.

La voluntad de Dios es salvadora. Busca sacarnos de una vida triste, abandonada al pecado, a la esclavitud de las pasiones.

Cristo no vino con amenazas de castigo divino. Vino a mostrarnos a un Dios que es Padre Misericordioso, que siempre perdona nuestros errores y pecados por más graves que sean, que nos abraza y ayuda siempre. Entiende nuestra debilidad; no nos impone el camino de la felicidad, nos invita a aceptarlo libremente.

Hace muchos años se hizo famoso un libro en el que una mujer cuenta su conversión. Se había criado en el comunismo ruso; atea, nunca había oído hablar de Dios. Cuenta cómo descubrió a Dios y no tiene problemas en incluir el contenido de su confesión, larga, con muchos pecados y muy graves. Cuenta que cuando acabó le dijo al sacerdote confesor: Padre, son muchos. Y el cura le contestó: es verdad, pero mayor es la Misericordia de Dios.

Una pregunta que podemos hacernos comenzando hoy la Semana Santa: ¿cómo respondo yo a un Dios cercano, infinitamente misericordioso, que quiere salvarnos, que busca llenarnos de su Vida divina? ¿Cómo respondo a un Dios que nos quiere felices en la tierra e infinitamente felices en el Cielo?

Las circunstancias en que nos toca vivir la Semana Santa y la Pascua son muy especiales: en casa con la familia cercana, algunos están solos. Todos están alejados de esos familiares y amigos con los que les gustaba compartir; ninguno puede salir (yo tampoco), venir a la Iglesia, reunirse con gente o hacer algún deporte.

Te animo a pensar lo siguiente: ¿no nos estará pidiendo Dios que aprovechemos bien esta oportunidad de aislamiento social para reflexionar en cómo estamos respondiendo con nuestra vida a Dios?  

¿Respondo con indiferencia? ¿Pienso que las llamadas de Dios son para otros? Cuantas veces te darás cuenta que no lo estás poniendo en el centro de tu vida, pero nada cambia, el deseo se murió ni bien te distrajo en otra cosa.

Tal vez al oírme hablar el Espíritu Santo te haga pensar en algún vicio o en algún desorden en las pasiones que tenés que superar. Tal vez estés como muerto, víctima del egoísmo, no te das ni a Dios ni a los demás como deberías. Tantas veces es el orgullo el que gana, ciega y hace sufrir a los que nos rodean.

¿Cómo respondés a la Voluntad de Dios en tu familia, aunque cueste, en el trabajo y en todas partes? Espera que seamos imagen de Cristo, sembradores de bien, de paz y de alegría.

Esta Semana Santa parece un momento privilegiado para la conversión. De Lunes a Miércoles Santo los Evangelios de cada día ponen de relieve la traición de Judas. En vez de responder con fidelidad a la elección que Cristo hizo de él, respondió con la traición. Hoy el Papa Francisco, en su Homilía del Domingo de Ramos puso se refirió a lo que hace sufrir una traición, poner nuestra confianza en alguien y que nos devuelva de ese modo cruel.

Somos débiles Señor, como los Apóstoles que por miedo se escaparon, o como Pedro que tres veces te negó. Pero no queremos traicionarte, queremos serte fieles, y por eso en esta Semana Santa nos queremos agarrar fuerte de vos. Quizás alguno esté pensando: Pero Padre, no me pude acercar a confesar, no puedo recibir sacramentalmente a Jesús. Podés ofrecer al Señor esto que te cuesta con el deseo sincero de acercarte con mucha fe y con mucha devoción cuando acabemos este aislamiento.

   Queridos hermanos. Estamos viviendo unos momentos muy especiales y difíciles. Hay muchos muertos y gente que sufre mucho por la pandemia del coronavirus en todo el mundo. Se nos puede meter el miedo, angustia por la incertidumbre sobre el futuro, ‘qué va a pasar’. Pongamos ahora en la Santa Misa la intención por la que rezamos tanto, que Dios ponga fin a esta enfermedad, rogando unidos al Papa por las consecuencias que va ocasionando, por tantos difuntos. Y pongamos también nuestros deseos sinceros de conversión, de responder con mucho amor al Amor que Dios tiene por cada uno de nosotros. Así sea.


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