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La oscuridad y el sufrimiento del Calvario no tenían ya la última palabra. Entre las tinieblas del pecado y de la muerte se abrió paso la luz de Cristo. ¡Cristo había resucitado! Con mucho susto, pero llenas de alegría, esas mujeres se alejaron rápidamente del sepulcro y corrieron a dar la noticia a los discípulos.

Queridos hermanos. Tampoco la oscuridad y el sufrimiento tienen la última palabra en nuestras vidas. ¡Cristo ha resucitado!, ésta es nuestra alegría.

Estamos aislados, no son estas las circunstancias que nos gustan. El mundo está convulsionado por la pandemia y sus consecuencias, con miedo. Hagamos lo humanamente posible para prevenir, y recemos para que Dios ponga fin a este sufrimiento, y nos de fuerzas, paciencia. Y mirando al futuro confiemos en el resucitado, Jesucristo, que de los grandes males puede sacar grandes bienes.

La oscuridad y el sufrimiento no tienen la última palabra. Caminamos a obscuras cuando el único sentido que damos a nuestras vidas es el inmediato: ‘tengo que trabajar para poder comer’, ‘cumplo estas obligaciones, no me queda otra’.

Cristo resucitado enciende una luz, da otro sentido a nuestras vidas, a todo lo que hacemos, entonces la vida pasa a ser nueva como dice San Pablo: Así como Cristo resucitó para la gloria del Padre, así también nosotros llevemos una vida nueva. Una vida nueva significa apartarnos del pecado, pero también significa vivir de otro modo lo que ya hacemos, con otra mirada, desde otra perspectiva, la que nos da la fe.

¿Cuál es la perspectiva que da la fe?: no somos una pieza más en este mundo, arrojado en una selva; somos hijos de Dios y Cristo camina a nuestro lado. ¿Tenemos contradicciones?, sí; pero mi destino nos son los sufrimientos sino Dios para toda la eternidad.

Desde esa luz encaramos de otro modo nuestra existencia, nos sentimos llamados a la plenitud humana, a desarrollar todo lo bueno que tenemos, poniendo al servicio de Dios y de los demás tantos talentos que Dios nos dio; y no nos sentimos solos en esto, Dios nos ayuda y nos va mostrando el camino concreto. No estamos atados por nuestros errores o pecados pasados porque Dios los perdona y los sana, tampoco por nuestras limitaciones o las circunstancias difíciles; estamos vivos para Dios en Cristo Jesús.

Somos importantes para Dios, cuenta con nosotros, puso al mundo en nuestras manos, como si lo hubiera hecho sin terminar, para que colaboremos en el progreso, en la promoción de la familia y de la sociedad.

La luz de Cristo se proyecta en el trabajo de cada uno: ‘Dios está a mi lado, quiera que lo haga bien, que sirva a los demás desde esta ocupación’. Esta modo de mirar infunde alegría aunque lo que a alguno toque hacer le cueste o le guste menos.

La luz del resucitado se proyecta sobre ambiente familiar, invita a dar amor, a servir, a ayudar a los seres queridos a ser más felices, mejores a los ojos de Dios. Los animo a llenar de la alegría Pascual a la familia, también en las actuales circunstancias más duras.   

Cristo resucitado camina a nuestro lado, ayudando a descubrir el auténtico sentido de las cosas. Nos creó para amarlo a Él y a los demás, para servir, para construir y para gozar eternamente de Él en el Cielo.

Hace unos años preguntaron al Papa Francisco por su secreto para mantener la alegría y la esperanza, perseverando en el servicio a pesar de las dificultades. En la sorpresa respondió: rezar. Y añadió con mucha humildad que ver que Dios nunca lo abandonó a pesar de sus pecados lo llena de confianza en Él, lo anima en la contradicción, lo ayuda a tirar para adelante de todo abandonado en Dios.

Nuestro hombre viejo, pecador, débil, ha sido crucificado con Cristo. Hagamos el propósito de agarrarnos más fuerte de Dios, de la oración, de los Sacramentos, de la Eucaristía, de la Confesión, ya podrán salir para acercarse.

La resurrección fue un hecho histórico. A las mujeres y a los discípulos de Jesús les costó mucho aceptarlo, ¡qué un muerto resucite!, ¿no será una visión o un fantasma? San Juan dice que creyó cuando vio cómo estaban los lienzos con los que habían envuelto a Jesús; no explica cómo los vio, pero evidentemente de tal manera que salió de dentro sin desenvolverlos, así lo interpretan algunos santos.  Jesús se apareció no solo a las mujeres y a los Apóstoles, sino a muchos otros, a más de 500 personas en Galilea.

San Mateo tenía sus amigos en el gremio económico porque había sido cobrador de impuestos; dice en su Evangelio que pagaron a los soldados que custodiaban el sepulcro una gran cantidad de dinero para que no dijeran lo que pasó sino que el cadáver de Jesús había sido robado mientras ellos dormían; u comenta San Agustín: menudos testigos, dan fe de lo que sucedió mientras dormían.

El mismo entusiasmo con que salieron todos a hablar de Cristo hasta morir por Él, ¿no es ya un fuerte testimonio de la certeza que tenían de su Resurrección?

Razones hay para la resurrección, pero si no hay fe no habrá evidencia que nos convenza. ¡Señor, aumentanos la fe!, así nuestra vida será nueva, alegre, iluminada con la luz de Cristo que verdaderamente ha resucitado. Así sea.


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